1.

Comienza la película de Charlie Kauffman hablando del otoño, el mes donde todo muere como si de una vida el año tratara. Como dice la profesora de Literatura del Union College, el otoño es visto “como el principio del fin, realmente. Si el año es una vida, entonces Septiembre, el inicio del otoño, es cuando la flor se encuentra fuera de la rosa y las cosas empiezan a morir. Es un mes melancólico y quizás por eso mismo, muy hermoso”. Supone el final de la vida, hecho que tenemos que emprender en soledad. La melancolía lleva consigo el paso del tiempo, es cuando nos acordamos del pasado, algo que no podemos volver a revivir. Nuestros actos se antojan únicos y perecederos, por eso mismo no perduran, tan sólo algunos restos, que en forma de objetos vagan por nuestros entornos, los encierran como sarcófagos de memorias. Recuerdos de una vida que se antoja ficticia y que para recordarla hay que rememorar una y otra vez. Siempre quedan vestigios de recuerdos: al pasar por una calle de la ciudad donde dimos nuestro primer beso, o rompimos nuestra relación. Momentos especiales que nunca se olvidan, lugares que no obstante se los lleva el viento. Seguro que todos hemos tenido la sensación, al pasar por una antigua calle de alguna ciudad, de añoranza ante aquellas míticas fachadas de los comercios que ya no existen, y que han sido sustituidas por negocios de low cost, franquicias o cualquier tipo de establecimiento construido sin personalidad. Elementos arquitectónicos que funcionan como fachadas movibles en un escenario que va evolucionando con el paso del tiempo. La vida no es más que un inmenso teatro donde fingimos felicidad y gozo, intentando estar siempre cerca los unos de los otros, en fiestas y reuniones que nos alejen de la soledad demonizada en nuestros días. Sensación de añoranza del pasado, melancolía ante unos espacios urbanos que mutan a pasos agigantados y que en ocasiones nos dejan fuera de juego generando una especie de sentimiento de pérdida o individualismo que desemboca en desasosiego.

“Quien no tiene casa ahora, podría nunca tener una. El que está solo se quedará solo, se sentará, leerá, escribirá cartas largas a través de la noche y vagará por los bulevares de arriba a abajo, inquietantemente mientras las hojas secas vuelan”.

Elke Putzkammer. Synecdoche New York.

2.

En una postal de Bas Jan Ader con la nota “Sept. 13 1970. I’m too sad to tell you”, puede verse a este artista holandés destrozado por el llanto, generando en el espectador una cierta incertidumbre al no saber el porqué de esa tristeza, algo que el artista nunca declaró en público. Todas las acciones que Ader emprende las realiza en soledad. Como modo de resistencia a la vorágine del progreso de su época Ader es capaz de parar el tiempo, de cultivar el instante en algunas de sus acciones que en su mayoría versan en torno a la caída. En “Fall 1”, una de sus performances realizada en 1970, puede observarse al artista dejándose caer desde lo alto del tejado a dos aguas de una pequeña casa unifamiliar del oeste norteamericano. La acción dura apenas unos 15 segundos pero posiblemente sirva para explicar el trance de unos momentos en los que para cualquiera el tiempo se pararía hasta topar con el suelo. Realmente Ader sí practicaba una estética de la soledad y la introducía dentro de su práctica artística, también de la ficción. Pues en la mayoría de los casos sus acciones quedan recubiertas por un halo performativo que la cámara convierte en una especie de obra de teatro, de alabanza de la cotidianidad, del silencio y de lo mínimo frente a la cultura del espectáculo. También la mentira y el engaño, aunque finalmente resulte trágico. Son trabajos austeros, alejados del ruido y el glamour que a veces encierra el hecho artístico, un envés que “siempre decepciona. No es espectáculo y no es entretenimiento. Es una banqueta. Un foco, ruido. No es nada del otro mundo. Es concebida decepción, cosa casi real y aburrida para los espectadores del espectáculo” en palabras del artista mexicano Gabriel Orozco.

Paul Auster utilizaba el otoño para escribir en su cuarto del número 6 de la calle Varick “La invención de la soledad”, en palabras de Vila-Matas “No hay Auster sin la invención de un cuarto cerrado y sin la invención de la soledad de ese cuarto”. Mientras Auster escribía y Ader practicaba la caída, Bruce Nauman, otro artista conceptual realizaba en los años 60 y 70 una serie de performances en su estudio de Los Ángeles, cuarto cerrado, recién acabados sus estudios de arte. En ellas podía verse al artista en la soledad e intimidad de su espacio de creación realizando acciones absurdas haciendo uso tan sólo de su propio cuerpo. Su estudio está vacío, tan sólo pueden apreciarse una serie de elementos precarios que polemizan acerca de la realidad de su trabajo. No encontraremos caballetes, óleos, pinceles, herramientas de trabajo, o piedras nobles con las que crear bellas representaciones o imágenes, todo lo contrario. Se dice que este estudio suponía un coste económico tan grande que el propio Bauman tuvo que prescindir de todo ello para poder tener acceso a él. De este modo centra su proceso de creación en lo mínimo, que tiene que ver con su propio yo; una realidad entrecruzada en su caso por la precariedad y la visibilización de su propio hábitat íntimo y personal.

En un plano mítico de “Nostalghia” de Andrei Tarkovsky, un personaje trata de llevar una vela desde un punto del espacio hacia el otro. A medio camino la vela se apaga y el personaje retrocede hasta el inicio, para volver a encenderla y emprender la marcha de nuevo donde no parará hasta cumplir su objetivo con éxito. Entre el inicio y la meta se genera un espacio de incertidumbre donde a los

protagonistas, artistas o creadores les asaltan dudas y fantasmas acerca del sentido de su trabajo. Es algo que ocurre ante una página en blanco o ante el inicio de un nuevo proyecto sea cuál sea.

3.

Vivimos en una sociedad donde la soledad está mal vista, donde el no hacer nada está bajo sospecha. En todo momento observamos nuestra cotidianidad y apreciamos como todos los que nos rodean se mueven en un ajetreo diario, dictado por esta compleja realidad. Es casi imposible estar sin hacer nada, pues el no hacerlo supondría estar con uno mismo, es decir, casi en completa soledad. Algo que se antoja angustioso en nuestros días, pues estamos acostumbrados a los excesos, al ruido, a ese decir que no significa nada, un gasto de saliva que hace parecer a la gente enferma. Esta apariencia de estrés diario, de estar obligado a producir o generar sea lo que sea, puede que no sea más que una fachada que encierra una cuestión fundamental: estamos muy solos y, más aún, no sabemos convivir con nuestra soledad.

El mundo contemporáneo nos arrastra a la vorágine del movimiento, de un gasto excesivo fuera de control que sacia nuestro deseo de poseer de manera momentánea. Lo nuevo se impone a lo viejo, y el lenguaje al silencio. Ramón Andrés, pensador y musicólogo lo explica así: ”

Vivimos en un mundo de progreso

que solo mira al futuro, que no deja espacio al ser humano. La gente vive

angustiada, cada vez se consumen más antidepresivos, se buscan vías para escapar

de la presión, de la responsabilidad, de la ansiedad que embarga a la sociedad

occidental”. En esta diatriba, donde el paso del tiempo se impone y donde las

nuevas tecnologías están tomando, cada vez de un modo más veloz, esos

momentos intermedios que podían ser antes reflexivos, puede que quede aún

margen para la resistencia. Luciano Concheiro, en su alegato “Contra el tiempo”,

plantea una filosofía del instante que se entiende como un modo exceder la

maquinaria capitalista que pretende que todo el tiempo sea rentable en términos

económicos. Él define nuestra era como “una página web en scroll infinito (como

funcionan Facebook, Instagram y Twitter)”. Sus reflexiones se sitúan en el borde

de lo improductivo, incluso de la desconexión, propugnando un stand-by en la

hiperconexión -ejemplificada en nuestros dispositivos móviles- que se ha

apoderado de nuestros momentos de ocio. Pero en todo ello detecta una suerte

de entropía en el sentido de “una sucesión de eventos que se desplazan

rápidamente. No hay dirección, no se va a ningún lugar”. Todo ello, concluye, en

que “vivimos en una época de inmovilidad frenética”.

Quizás, en este contexto, sea necesario pensar en el tiempo para nosotros, y

alejar el estereotipo construido socialmente en torno a la soledad de adjetivos

peyorativos o malsonantes, pues puede que sea un modo de resistencia frente a

la aceleración impuesta por la contemporaneidad y al desasosiego que genera en

el individuo. Incluso a modo de resignación será lo que nos quede en nuestros

momentos finales. En este sentido, el objeto del trabajo de Pablo Merchante

entra de lleno en la angustia cósmica del sujeto contemporáneo o más aún en la

incapacidad de éste de hacerle frente. Su práxis se antoja similar a la de una

tradición muscular e histórica como es la pintura. Desde los recovecos de su

estudio se enfrenta a la amplitud del cosmos en un lienzo, para ir dando forma a

aquello que no se puede explicar. Lo que se tiene delante hay que ir

resolviéndolo poco a poco, requiere de oficio y de una intuición que hay que

cultivar con el paso de los tiempos. En la vorágine antes descrita de la

contemporaneidad, y aunque se siga ahondando en la práctica de la pintura,

sigue quedando la sensación de que su tiempo ya quedó atrás y que la época

actual, el espectador de hoy, siente deseos de otros procesos que ayuden a

explicar de mejor manera el mundo, algo que parece la pintura no puede. En este

sentido queda relegada a un espacio de silencio, a una práctica íntima que bien

ejercida puede oponerse al ritmo acelerado de este momento. Quizás por ello

cada vez sea más complicada de abordar y a la vez necesaria; la práctica de la

pintura requiere de tiempo, de paciencia y de aprendizaje; un aprendizaje que no

muchos están dispuestos a cultivar como es el fracaso. La frustración ante un

cuadro potencia ese sentimiento de soledad, casi de pérdida, pues es el propio

sujeto quien en el abismo de la página en blanco ha de resolver el misterio de la

representación, al menos el suyo. Nadie puede ayudarte, tan sólo está el artista y

el lienzo.

En este sentido intuimos una sensación de caída o desplome en el contenido de las piezas alojadas en esta exposición. Muchas de ellas se presentan como una especie de decorado en proceso, siempre a riesgo de que los cambios que proponen no sean vistos por el ojo ingenuo del observador. Realmente puede apreciarse cierta extrañeza del individuo moderno en las piezas, pues la ausencia de lo antropomórfico nos deja sin punto de fijeza. El paisaje sustituyó al individuo, del mismo modo que lo abstracto a lo figurativo. En este vaivén de gestos que dan como resultado lo opuesto al vacío el ser humano no tiene cabida. Esta sentencia es un tanto romántica, pero sirve para explicar aquello que nos encontramos ante nuestros ojos: una serie de pinturas de las cuáles intuimos alguna realidad paralela pero que nos cuesta explicar, una visión borrosa del cosmos creado ex-nihilo por Pablo Merchante, un salto al vacío de aquel que en la soledad de su estudio tiene la valentía de mostrar sus aciertos y fracasos, el resultado de su intuición y memorias.